Un nuevo pacto social

agosto 11, 2011 en Bienestar, Causas

Por Beatriz Gimeno

Las manifestaciones que recorrieron Tel Aviv la semana pasada, cientos de miles de personas en un país con una alta tasa de crecimiento y baja tasa de paro; los seis millones de personas que han participado en el 15M, los cientos de miles de estudiantes chilenos que se manifiestan todos los días en defensa de una educación pública, y también la violencia ciega que ha estallado en Londres son las dos caras de una nueva situación: la ruptura del pacto social en el que vivíamos desde el fin de la II Guerra Mundial. Este pacto obligaba a la intervención activa del Estado para garantizar que la igualdad de oportunidades fuera, en algunos sitios más que en otros, una realidad, así como a ofrecer la posibilidad de que toda la ciudadanía tuviera acceso a unos mínimos básicos de vida.

Hasta hace poco los conflictos sociales que se producían en los países ricos eran conflictos laborales concretos; se manifestaban los trabajadores de uno u otro sector, los perjudicados por una u otra política. Por primera vez vemos como la ciudadanía se manifiesta, aquí, en Santiago de Chile, en Israel, en Grecia, en Portugal a causa no de algo concreto, sino en demanda de justicia social. Nos manifestamos porque se ha roto el pacto social que nos garantizaba, mal que bien, vidas vivibles, y porque nos hemos quedado a la intemperie. Unos se manifiestan porque no tienen, ni tendrán trabajo; otros porque no tienen esperanza de futuro; muchos porque no pueden acceder a una vivienda, muchas personas porque no pueden tener hijos por falta de ayudas; otras muchas porque la educación pública ha dejado de ser la garantía de la igualdad de oportunidades para convertirse en marca de desigualdad; nos manifestamos porque trabajar toda la vida ya no asegura una vejez apacible, sino incierta, un tiempo en el que no sabemos de qué vamos a vivir, porque el sueldo no alcanza para nada; porque todo se considera un bien privatizable y vemos cómo desaparece lo común para ser entregado a unos pocos: la educación, la salud, las pensiones, los recursos naturales, nuestros cuerpos, todo; y también porque todo esto ocurre en medio de un espectáculo obsceno en el que contemplamos como se regalan miles y miles de millones a los bancos, a las financieras. Así que no es que no haya dinero, es que nos lo quitan para dárselo a otros.

La socialdemocracia europea, comandada por la izquierda nórdica, con una política impositiva fuertemente progresiva consiguió sociedades en las que cualquier persona, naciera en la familia que naciera y en las circunstancias en que lo hiciera, tenía acceso al menos a una educación suficiente y a servicios básicos bastantes como para llevar una vida digna en la que sí podía depender de sus capacidades y de sus preferencias personales para desarrollar su existencia. Vistas con distancia, el resultado de aquellas políticas no admite discusión: se consiguieron sociedades ricas, cultas, igualitarias y también felices, según todos los indicadores. De hecho, han sido las sociedades más ricas, más cultas, más igualitarias, más solidarias y más felices de toda la historia de la humanidad.

Esas políticas llevadas a cabo por la socialdemocracia se universalizaron de tal manera que la derecha dejó de discutirlas, también las hizo suyas hasta el punto de que algunos derechos como la educación pública o la sanidad pública y universal pasaron a formar parte de las constituciones nacionales. Ese era el pacto social. Paz social a cambio de unos mínimos básicos de vida. La democracia representativa iba funcionando en la medida en que los distintos partidos representaban los intereses de la ciudadanía. Pero eso comenzó a romperse en los años 80 con la ofensiva en todos los terrenos de un capitalismo que decidió que no ganaba bastante dinero y fue preparando el terreno hasta llegar a hoy día. Quizá es que el mundo se le ha quedado pequeño; quizá es que ya no queda nada de lo que apropiarse en África, empobrecida y sangrada hasta el extremo, o en Latinoamérica, en donde las políticas que impuso el FMI generaron no sólo extremos insoportables de miseria y de injusticia, sino también la aparición de guerrillas que finalmente desangraron a esos países en guerras civiles terribles, en muerte y destrucción que se han prolongado por décadas y que aun sufren. Por allí no queda mucho que rascar.

Para cuando el capital vuelve sus ojos a los países ricos la democracia se ha convertido en una partitocracia esclerotizada, los países han cedido soberanía a las instituciones económicas, la izquierda ha desparecido, y la ciudadanía de las clases populares, la gente corriente, la que no es rica, la que no tiene nada excepto su trabajo, ve cómo ya no tiene quien la defienda desde la política, no tiene quién hable por ella después de años de discursos en los que se sostenía que las clases sociales habían desaparecido y que todos éramos iguales. Pues he aquí que no, que sigue habiendo ricos y pobres y que los más ricos siguen teniendo intacta la capacidad para empobrecernos a casi todos los demás. Lo que sí ha desaparecido, al menos de las instituciones, son los partidos como expresión de la voluntad de la ciudadanía, las convicciones políticas que defendían a la mayoría de la gente de la voracidad infinita de los ricos, de los poderosos. De ahí el “No nos representan”.

El pacto social está roto. La crisis, ya se ha dicho, no es sólo económica, sino que es ética, política, de derechos humanos básicos, ecológica. Se ha instalado una enorme desafección hacia un sistema, como el de la democracia representativa, que hasta hace poco era inatacable y que ahora parece incapaz de representar a nadie. Al mismo tiempo vemos cómo la correa de transmisión que permitía que esas cuestiones fueran las importantes, las que los partidos discutían en los parlamentos democráticos, también se ha roto. Los parlamentos se han convertido en oficinas en las que se gestiona, con pequeñas diferencias, la política impuesta ya no sólo por instituciones económicas supranacionales, sino que últimamente tenemos la sensación de que nos gobiernan empresas privadas que a su vez son gobernadas por facinerosos. El espectáculo de ver a todos los gobiernos del mundo pendientes y al dictado de lo que dicen esas llamadas empresas de calificación, que no son sino negocios privados cuyo único fin es maximizar sus beneficios a costa de lo que sea, de países enteros, de vidas, no es que sea inmoral y antidemocrático, es que es aterrador; es que da pavor.

Por eso los que nos manifestamos en todo el mundo reclamamos un nuevo pacto social entre las instituciones y la ciudadanía, un pacto que garantice unos mínimos básicos de vida, que garantice, en definitiva, justicia social. ¿Cómo lo hacemos? No lo se, pero sí se que lo viejo no sirve. Nuevos partidos, nuevas ideas, nuevas personas, nuevas formas de actuar, nuevas reivindicaciones (aunque son las de siempre, al mismo tiempo…) Un nuevo pacto social o un pacto social renovado es lo que tiene que ofrecer ahora la izquierda; ese pacto tiene que suponer restricciones claras al capitalismo, ese pacto tiene que ofrecer la posibilidad de controlar políticamente los mercados, tiene que posicionarse claramente en contra del neoliberalismo y a favor de la ciudadanía, a favor de la justicia social y de la solidaridad. Todo lo que no sea esto ya sobra y no convence. La alternativa es la nada, el estallido social que no se sabe a dónde nos llevará.

Fuente: http://equolumnistas.proyectoequo.org/

Share and Enjoy:
  • Print
  • Digg
  • StumbleUpon
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Yahoo! Buzz
  • Twitter
  • Google Bookmarks
  • PDF

Commentarios

commentarios

Powered by Facebook Comments