La filosofía musulmana y judía

enero 3, 2011 en Filosofía

El Islam se expandió sobre áreas lingüísticas y culturales heterogéneas. Nada más falso que imaginar una rápida unificación cultural de la nueva religión, a medida que crecía el número de sus adeptos, y del nuevo poder. Sin embargo, el resultado final sería el logro, en éste como en otros aspectos, de un ámbito de civilización con rasgos comunes predominantes en cuyo seno los valores y productos culturales circulaban y se comunicaban con fluidez de unos a otros núcleos, sobre todo en los medios urbanos. La aceptación del árabe como lengua común y su uso literario fue, indudablemente, una de las claves del éxito, que se logró en buena parte por el prestigio religioso de que gozaba.

En Palestina y Siria el griego ya no se usaba a finales del siglo VIII y el arameo sólo se conservó en los medios nestorianos como lengua litúrgica y literaria. Más resistencia opuso el copto, al menos hasta el siglo X, y su uso continuó en el ámbito litúrgico cristiano hasta el XIII. En Irán, el pehlví no desapareció nunca y revivió desde el siglo X, pero convivió con el árabe. Algo semejante, aunque sin desarrollo literario, ocurría con los dialectos bereberes en el Magreb, cuya supervivencia en ámbitos rurales de montaña fue muy prolongada, además de que el árabe norteafricano adquirió pronto ciertas calidades propias. Y, aun arabizada, la mayoría de la población de al-Andalus conservó, junto al uso del árabe, el del romance, a veces de manera predominante, al menos hasta el siglo XI.

La época áurea de la cultura clásica musulmana fueron los siglos IX al XI, cuando se tradujeron y se asimiló el contenido de numerosas obras filosóficas y científicas griegas, y también de otras iranias. Se fundaron bibliotecas con apoyo político en Bagdad, en la llamada "Casa de la Sabiduría" y Basra en el siglo IX, El Cairo y Córdoba en el X, y todavía en el XI las cortes provinciales, desde los taifas andalusíes hasta los samaníes y gaznovíes del extremo oriental, mostraron una vitalidad cultural extraordinaria.

Los siglos XII y XIII son una de las más claras muestras de la formación de una gran cultura como respuesta al reto que representó para el mundo occidental el desarrollo de la cultura musulmana. La cultura árabe iniciada en el conocimiento del pensamiento helénico que los árabes obtuvieron por su contacto con Siria y el imperio romano de oriente, había prolongado la filosofía, ciencia y cultura griega.  Avicena un físico matemático, jurista, filósofo, hombre de Estado y médico, había combinado las ideas de Aristóteles y de los neoplatónicos para crear una de las primeras summas del pensamiento árabe.  Averroes y Maimónides, árabe el primero y judío el segundo, desarrollaron summas teológicas de origen neoplatónico y aristotélico que fueron decisivos para el pensamiento de la Edad Media.

La filosofía y la ciencia eran de origen griego mientras que la reflexión ética incorporaba elementos iranios,  se trataba de asimilar ideas y conocimientos exteriores al Islam, de desarrollar nuevas reflexiones y experiencias a partir de ellos o de construir obras con espíritu enciclopédico, pero no se superaron dos límites. No hubo, o apenas, renovación de métodos, y no hubo flexibilidad o interés cultural a la hora de desarrollar el diálogo y la concordancia entre razón y fe. La historia de los filósofos musulmanes lo muestra con claridad porque aunque buscaron la construcción de un sistema de búsqueda de la verdad con medios racionales, nunca se pudo integrar o coordinar con la fe revelada y, al cabo, la filosofía permaneció como un elemento extraño, poco influyente y minoritario en el seno de la cultura islámica, e incluso fue condenada por los ortodoxos rigoristas aunque ya el más antiguo de aquellos filósofos, al-Kindi había expresado el principio de que nada derivado de la reflexión filosófica podía ser contradictorio u opuesto a la fe. A pesar de tantas limitaciones, sus cultivadores son hoy conocidos por la profundidad de su pensamiento y por la influencia que ejercieron en algunos aspectos del renacimiento filosófico europeo, posterior en varios siglos.

El punto de partida era el neoplatonismo de la Antigüedad tardía, al que se añadieron posteriormente los comentarios y reflexiones sobre la obra de Aristóteles. Desde comienzos del siglo IX a mediados del XI, los principales autores trabajan en Oriente Medio. El persa Al-Razi entendía la realidad a partir de cinco principios eternos Demiurgo, alma universal, materia, espacio y tiempo, introduciendo elementos maniqueos y otros relativos a la eternidad del mundo que no eran compatibles con el Islam: en él se hallan los grandes temas que preocuparon a aquellos filósofos, tales como la condición creada o eterna del universo o la suerte del ser personal más allá de esta vida.

La metafísica de Al-Farabi pretendía combinar neoplatonismo y esoterismo  desarrollando la teoría de las diez inteligencias que emanan una a partir de otra desde el principio o Ser Supremo; la última, inteligencia activa, única accesible a los hombres es, sin embargo, suficiente para permitirles el conocimiento del ser y su participación en él. Al Farabi tocó también cuestiones éticas y sociales, con criterio platónico, en su "La ciudad perfecta". En el primer tercio del siglo XI, Miskawayh en el campo de la ética y, sobre todo, Ibn Sina (Avicena) en el de la metafísica y la teoría política, llevaron la falsafa a su culminación pues el rechazo religioso y político, encabezado por autores ilustres como al-Gazali, impidió ir más allá. Con la excepción del iraní al-Suhrawardí, la filosofía sólo encontró nuevos cultivadores de relieve en al-Andulus donde ya había destacado Ibn Masarra : en el siglo XII escribieron Ibn Bayya (Avempance), Ibn Tufayl y, en especial, Ibn Rusd (Averroes), una de las cumbres de la filosofía medieval, que combinaba sus conocimientos jurídicos y la práctica de la medicina con una capacidad excepcional de reflexión: fue el único filósofo musulmán capaz de asimilar y comentar la obra de Aristóteles, rompiendo con siglos de neoplatonismo; por eso tendría tanta influencia en los medios intelectuales europeos de la segunda mitad del siglo XIII, empeñados en una revolución hasta cierto punto comparable.

Los conocimientos sobre ciencias y técnicas no tropezaron con aquellas resistencias. Por el contrario, sus cultivadores musulmanes demostraron un ingenio excelente a la hora de transmitir saberes de la Antigüedad o de otras civilizaciones y de conseguir nuevos descubrimientos en diversos campos. En este aspecto, más que en otros, la cultura clásica musulmana fue un eslabón imprescindible en la cadena histórica del conocimiento. Difundieron el uso del cero, de origen indio, y de los guarismos, que los europeos no aceptarían plenamente hasta el siglo XI, progresaron en materias de álgebra y trigonometría, en óptica, al estudiar el principio de refracción, en química -a ellos se debe la obtención del alcohol y los primeros métodos de destilación-, en mecánica, al construir complicados autómatas, en medicina, donde los saberes sintetizados en los libros de Avicena o Averroes se estudiaron durante muchos siglos, o en la descripción de la tierra y del cielo pues mejoraron las técnicas de medición de meridianos, difundieron la utilización del astrolabio y mantuvieron una cartografía menos trabada que la cristiana de la época por elementos simbólicos.

Hay que relacionar esto con la curiosidad y capacidad descriptiva de sus viajeros y geógrafos desde el siglo IX al XI, aunque todavía en la primera mitad del XIV se halla la figura extraordinaria de Ibn Batuta: el espacio islámico, en contacto con tantas tierras, mares y culturas, y la importancia de las relaciones comerciales contribuyen a explicar la obra de geógrafos como Ibn Jordadbeh o Qudama ben Ga'far, y de viajeros como el autor de la "Relación de China y de la India"  o como Ibn Fadlan, que escribe en el 921 su relato del viaje al país de los búlgaros del Volga.

Posteriormente, autores como Ibn Rustah, Mas'udi, Ya'qubi, Ibn Hauqal o al-Muqaddasi, entre otros, combinan descripciones de tierras y de sociedades con datos preciosos para la historia de su tiempo. Es notable que el Islam clásico no haya conocido un desarrollo historiográfico comparable; al fomentar su religión, tal vez más que otras de la época, un estado general de menosprecio hacia el valor creativo del tiempo, y ofrecer por otros medios guías morales o sociales, la historia ni es cauce de reflexión filosófica ni tampoco vehículo para el ejemplo moral; queda reducida al relato de conquistas, acontecimientos dinásticos, anales palatinos o urbanos, y al género, tan peculiar, de los diccionarios biográficos. La ignorancia del pasado preislámico hace que rara vez se consideren los modelos historiográficos de culturas anteriores, al contrario de lo que ocurría en el mundo cristiano de aquella época: en este aspecto, como en el filosófico, la divergencia cultural aumentaría con el paso del tiempo. La larga duración de muchos aspectos de la civilización del Islam clásico no debe observarse sólo a través del hecho religioso o de la permanencia de sistemas de organización política tradicionales, sino teniendo en cuenta los variados aspectos geográficos, económicos y culturales; sólo así puede comprenderse bien la riqueza de aquella civilización, la importancia de sus éxitos históricos hasta el siglo XI y muchas de las razones que explican su voluntad de permanencia y sus ideales de restauración en tiempos posteriores.

Averroes

Nació en Córdoba, su nombre árabe era Abu I-Walid ibn Rusd. Es miembro de una prominente familia de juristas. Su abuelo había desempeñado el cargo de cadí e imán de la Gran Mezquita y es el autor de un famoso tratado legal. Su padre, también cadí, fomentó su educación entre destacados miembros de la intelectualidad cordobesa, como Abu Ya´far Harun de Trujillo, con quienes se familiarizó con las obras de Aristóteles, Galeno e Hipócrates. La amistad con el médico y filósofo Abu Ya´qub Yusuf también fue muy influyente para la personalidad y la obra de Averroes.

En 1169 Averroes, quien por entonces lleva diez años viviendo en Marraquech, gana la confianza del califa al serle presentado por Ibn Tufayl y obtiene el cargo de cadí en Sevilla y Córdoba. A la muerte de éste, le sucede como médico de cámara del soberano cordobés. La subida al trono de Ya´qub al-Mansur supone para Averroes el destierro a Lucena en 1195 y la prohibición de sus obras, deseoso el monarca de atraerse el favor del partido integrista de los alfaquíes. Sin embargo, en 1198 fue llamado a la corte, donde morirá meses más tardes.

La base del pensamiento averroista está en el intento de conciliar la teología musulmana con el pensamiento aristotélico, cuyos comentarios pronto serán traducidos al hebreo y al latín y ejercerán una profunda influencia en la escolástica medieval. Intentó conciliar la verdad religiosa con la verdad filosófica, es decir, racional. Para Averroes, Dios ejerce de creador, siendo lo creado no consecuencia de Dios sino emanación de la divinidad. Así, puede interpretarse que lo creado, en tanto consecuencia de una acto divino, ha de ser eterno, de donde se deduce la eternidad de la materia y, por tanto, del mundo. Resolvió la distancia existente entre la inteligencia en acto y lo inteligible pensado, afirmando la participación del entendimiento humano en el entendimiento agente.

Además, otra obra importante será "Tahafut al-tahafut", en latín "Destructio destructionis", en la que manifestará su desacuerdo con la crítica hecha años antes por Algazel a los seguidores de Aristóteles y otros filósofos griegos. No obstante su marcada tendencia aristotélica, en algunos puntos se mantuvo crítico con el filósofo griego, destacando errores y flancos débiles de su sistema astronómico y del ptolemaico. En medicina, su obra "al-Kulliyat" recoge los conocimientos vertidos por Aristóteles y Galeno en los ámbitos fisiológico, terapéutico, higiénico y patológico. Autor de unos "Comentarios a Aristóteles", su filosofía influyó de manera notable en los pensadores de los siglos XIII al XVI.

 

Spinoza

Nacido en Holanda en el seno de una familia judía de origen portugués, en 1632, su formación hebraica le llevó a adquirir conocimientos cabalísticos y de la filosofía judía medieval, así como también de la ciencia moderna y de la filosofía de Descartes. Su pensamiento hay que inscribirlo en el más puro racionalismo; como el pensador francés, conceptualiza y define su propio ser y existencia como punto de partida irrebatible de su lógica deductiva.

Para Spinoza la base de todo su pensamiento lógico es la causa sui, es decir, una realidad que es origen de sí misma y a la vez de todas las cosas, que tiene por ello una existencia independiente. Esta "sustancia" es, por tanto, equivalente a Dios, es decir, aquello que existe por sí mismo y creador de toda realidad que es, a la vez, Él mismo. Dios y el mundo, esto es, su creación, son idénticos, dando lugar a un panteísmo. Por otro lado, la sustancia tiene una doble realidad física y espiritual. Una última consecuencia del pensamiento de Spinoza es de orden ético, al despojar al hombre de libertad y responsabilidad por sus actos puesto que actúa bajo designios de Dios.

Spinoza fue perseguido por sus ideas, siendo expulsado de la comunidad hebrea de Amsterdam y refugiándose en La Haya. Falleció en 1677.

Share and Enjoy:
  • Print
  • Digg
  • StumbleUpon
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Yahoo! Buzz
  • Twitter
  • Google Bookmarks
  • PDF

Commentarios

commentarios

Powered by Facebook Comments