Hablar de Herbert Marcuse es recordar su presencia en las calles de París, los auditorios de la Universidad de Berlín o en Berkeley, Columbia y Stanford, al ser leído por mujeres, jóvenes y negros. Es cierto que los diversos movimientos de la década de 1960 no surgieron precisamente de las ideas de Marcuse, sino de las sociedades mismas en las que tuvieron lugar. Sin embargo, estas personas supieron encontrar en él las claves para comprender los rasgos esenciales de su escena social, política, ideológica y cultural.
Entonces hablar de Marcuse un día como hoy es adentrarse en el pensamiento de un testigo y actor de los acontecimientos del siglo XX. En sus inicios, Marcuse se dedicaba a identificar las fuerzas culturales que desterraban de la historia a la razón crítica y a la libertad inherente a ella, posteriormente dedicó su crítica a desentrañar por qué la libertad en las sociedades industriales avanzadas no es sólo inalcanzable, sino que aparece ligada a una servidumbre de las mentes y los corazones, que se introyecta hasta la dimensión instintiva y biológica del hombre.
Surge entonces la pregunta ¿Cómo puede la civilización engendrar la libertad, si la no-libertad se ha convertido en parte integral de la conciencia del hombre civilizado? Y la respuesta para él es que la ideología consiste en el hecho de que la producción y el consumo reproducen y justifican la dominación, la civilización lo paga sacrificando sus promesas de libertad, justicia y paz para todos.
Marcuse analizó a las sociedades desarrolladas en las que el progreso social y sus posibilidades de superar las desgracias humanas eran sólo ficción. Ejerció una intensa crítica a las sociedades industriales de nuestros días, encaminada a encender una luz sobre sus falsedades, opresiones y represiones.
Por un lado, Marcuse mira hacia el futuro con un pensamiento hacia los sueños del mañana deseado, por el otro su crítica se extiende al pasado para restaurar la memoria. Con ambas concepciones busca la formación de una nueva sociedad que sea justa y de un nuevo hombre que ya no sea agresivo e hipócrita, sino que busque la alegría y el placer.
Para Marcuse la capacidad de olvidar era impuesta por la civilización como un mecanismo de sobre vivencia, que al mismo tiempo conducía a la sumisión y renuncia… Olvidar los sufrimientos pasados es olvidar las fuerzas que los causaron y olvidarlas sin vencerlas. La restauración de la memoria era una liberación psíquica de la personalidad mental, y desde la perspectiva social significaba recordar a quienes murieron en el dolor, a lo largo de una historia arrollada por la injusticia y la sin-razón. Luchar contra el olvido era luchar contra las condiciones históricas de represión de las que han brotado las desdichas del pasado y del hoy.
Las tendencias totalitarias de su sociedad unidimensional convierten en ineficaces los caminos y los medios tradicionales de protesta; sin embargo, la cuestión no se presenta como algo desesperado, ya que "por debajo de la base popular conservadora se encuentra el sustrato de los marginados, los extranjeros, los explotados y los perseguidos, los sin- empleo y los incapacitados. Su presencia demuestra la necesidad inmediata y real de poner fin a condiciones e instituciones intolerables, por eso es que su oposición es revolucionaria, aunque su conciencia en sí no lo sea. Su oposición ataca al sistema desde afuera y por ello el sistema no la desvía, es una fuerza elemental que viola las reglas del juego y al hacerlo muestra que es un juego truncado. Cuando se reúnen y avanzan por las calles, sin armas, sin protección, para exigir los derechos civiles más elementales, saben que se están enfrentando con perros, piedras y bombas, cárcel, campos de concentración e incluso la muerte… Lee el resto de esta entrada →
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