“De aquí se desprende una ética política que pivota sobre la experiencia histórica, en el entendido de que esta experiencia histórica, que hunde sus raíces en la tradición judeocristiana, es la memoria de los vencidos, el lugar de la esperanza”. Ahora, la ética que se desprende de la filosofía occidental es formal, abstracta y apática, cuando ésta debería ser material y concreta, es decir, política, y con sentimiento. Tenemos el ejemplo de la ética kantiana, en la que se actúa sólo por el deber, y en donde no es relevante la dignidad humana ni la vida. La ética debe, pues, ser vertida en contenidos políticos, pues la ética es teoría, y la política es llevar lo anterior a la acción, es concretizar las propuestas hechas. Y el traducir los imperativos éticos a la política implica replantear el concepto de Justicia que conocemos, una justicia que no está a favor de los desposeídos, y de ahí su venda. En teoría esa venda simboliza igualdad, pero políticamente implica que la Justicia no ve ni quiere ver las injusticias.
Se requiere de una justicia que tome en cuenta a las víctimas de la injusticia, no sólo las presentes, sino las realizadas en el pasado. Ahora, esto conlleva sus peligros, porque involucra el resentimiento, de manera que puede confundirse con mucha facilidad la justicia con la venganza. Por lo que resulta necesario hacer la distinción: la justicia que se está proponiendo pone su mirada en la víctima, planteándole la reparación del daño. Pero, ¿cómo repararlo? En primer lugar, y sobre todo, impidiendo que éste se repita; y por otra parte, procurar la reeducación del criminal, así como procurar el bienestar de la víctima mediante atención psicológica o médica. La venganza, por el contrario, tiene la mirada sobre el verdugo, y lo que se busca es hacérselas pasar a éste tan mal como él lo hizo con la víctima. Y cabe hacer notar que esto sería caer en lo que se critica: a una concepción de la historia y del tiempo desde el punto de vista del vencedor, donde no importa aquél a quien le fue inflingido el daño. Y tenemos casos –muchos- en los que la venganza se hace presente. Por ejemplo, cuando después de la Segunda Guerra Mundial se persiguieron a los criminales de guerra nazis, y fueron secuestrados para ser juzgados y posteriormente ejecutados. Esto no puede ser permitido en el marco de la justicia que se está proponiendo, pues a pesar de que esos criminales hayan sido culpables, hay formas distintas para resolverlo: no cabe hacerse cargo del verdugo inicial para convertirse ahora en verdugos. Desde un principio, la idea es hacerse cargo de las víctimas, y evitar que la injusticia vuelva a ser cometida.
La única herramienta con la que se cuenta para implementar esta nueva categoría de Justicia, es la educación, porque queramos o no, seguimos inscritos en el concepto Ilustrado, en aquél cuyo único afán es el de dominio, y resulta muy complejo zafarse de ello. Y esta educación, que es eminentemente moral, sólo puede ir por vía del ejemplo y la persuasión.
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