Ecología- Filosofía Tomista

enero 3, 2011 en Teoría de la Religión

La creación además del punto de vista de la dimensión "transcendental", exige también una reflexión desde el punto de vista de la dimensión inmanente. Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. 

Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida. Estas expresiones (al menos de modo indirecto) indican que el mundo de las criaturas tiene necesidad de la Razón última y de la Causa primera. En virtud de su misma naturaleza los seres contingentes tienen necesidad, para existir, de un apoyo en el Absoluto (en el Ser necesario), que es Existencia por sí ("Esse subsistens"). El mundo contingente y fugaz "desaparece sin el Creador". Con relación a la verdad, así entendida, acerca de la creación, el Concilio establece una distinción fundamental entre la autonomía "legítima" y la "ilegítima" de las realidades terrenas. Ilegítima (es decir, no conforme a la verdad de la Revelación) es la autonomía que proclame la independencia de las realidades creadas por Dios Creador, y sostenga "que la realidad creada es independiente de Dios y los hombres pueden usarla sin referencia al Creador". Tal modo de entender y de comportarse niega y rechaza la verdad acerca de la creación; y la mayor parte de las veces -si no es incluso por principio- esta posición se sostiene precisamente en nombre de la "autonomía" del mundo, y el hombre en el mundo, del conocimiento y de la acción humana.

La afirmación, si se refiere a todas las criaturas del mundo visible, se refiere de modo eminente al hombre. En efecto, el hombre en la misma medida en que trata de "descubrir, emplear y ordenar" de modo coherente las leyes y valores del cosmos, no sólo participa de manera creativa en la autonomía legítima de las cosas creadas, sino que realiza de modo correcto la autonomía que le es propia. Y así se encuentra con la finalidad inmanente de la creación, e indirectamente también con el Creador. Se debe añadir que con el problema de la "legítima autonomía de las realidades terrenas", se vincula también el problema de la "ecología", es decir, la preocupación por la protección y preservación del ambiente natural. El desequilibrio ecológico, que supone siempre una forma de egoísmo anticomunitario, nace del uso arbitrario -y en definitiva nocivo- de las criaturas, cuyas leyes y orden natural se violan, ignorando o despreciando la finalidad que es inmanente a la obra de la creación. También este modo de comportamiento se deriva de una falsa interpretación de la autonomía de las cosas terrenas. Cuando el hombre usa de las cosas "sin referirlas al Creador" se hace a sí mismo daños incalculables. La solución del problema de la amenaza ecológica está en relación íntima con los principios de la "legítima autonomía de las realidades terrenas", es decir, en definitiva, con la verdad acerca de la creación y acerca del Creador del mundo.

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